miércoles, 8 de febrero de 2012

Ibn man Nasre, príncipe de Qurtuba


El olor a jazmín y el canto matutino del gallo entraban por la ventana, dando la bienvenida al nuevo día en la ciudad blanca de Qurtuba. El príncipe y señor de la villa de Amrán, llevaba ya varias horas despierto, escudriñando un viejo mapa que le robaba el sueño desde hacia ya muchas noches. Llamó a su leal esclavo Feufas para que le sirvieran el desayuno. Un desayuno fuerte: huevos de corral, guindillas y tortas de pan aderezadas con miel.

Feufas era propiedad de la familia real prácticamente desde su nacimiento. Fue capturado durante la contienda del salvoconducto, en la que el reino de Qurtuba y la Liga de Hital lucharon por el comercio las especias con Tarsis. Había sido una guerra de corta duración, puesto que las dos naciones mercantes se sabían perjudicadas. Barcos para la guerra implicaban menos barcos para el comercio, y aquella había sido sin duda una guerra naval. Feufas fue capturado junto a su familia, como muchos sahitas, en las diversas incursiones tierra adentro realizadas por los ejércitos de Qurtuba. Sería comprado en el mercado de esclavos de la capital por Talfas, administrador de la hacienda real, entrando al servicio de palacio. Con el paso del tiempo, el sahita había ascendido en el escalafón más bajo de la sociedad qurtubense, hasta convertirse en hombre de confianza del príncipe.

Tomado el desayuno, el príncipe de la ciudad blanca se dirigió hacia las caballerizas acompañado de Feufas.

-Prepara a los camellos para la travesía hacia Amrán. Solos tú y yo.
-Mi señor, usted sabe que Feufas obedece fielmente sus dictados, pero sabe que su padre no gusta de que ande por ahí sin escolta, y yo mismo considero…
-Solos tú y yo. Y rápido, deberíamos llegar antes de dos días.

El itinerario hacia Amrán era arduo y duro, aunque estaba relativamente cerca, a pocas millas de la capital. El camino se adentraba hacia el interior del reino, y aunque era fuertemente frecuentado por mercaderes de toda la región y campesinos libres que venían a buscar suerte, abundaban también bandidos del desierto, habidos de botín fácil, que atacaban como un rayo sin dejar víctimas y huían velozmente hacia las dunas y las cuevas de las regiones montañosas, refugio de proscritos ante las incursiones del ejército real.

Cargaron los camellos con todo lo imprescindible para el camino: agua, tortas de grano y carbón, para calentarse en las gélidas noches del yermo. Salieron del recinto del palacio real, agolpándose por las estrechas calles de la ciudad, apartándose los viandantes sabiendo que quien circula con montura es alguien de elevada condición. Muchos reconocían al príncipe y se inclinaban ante él, pues era bien conocido su ingenio y gallardía, y no faltaban quienes auguraban un futuro esplendoroso para los qurtubenses cuando Ibn man Nasre se alzase con la tiara de plata, insignia del Sultán.

Las callejuelas de Qurtuba ya hervían de actividad pese a lo temprano de la hora. Los comerciantes preparaban las pequeñas tiendas de tela a las puertas de sus pequeños comercios para mostrar al público sus magníficos artículos. Allí podía encontrarse lo mejor de Qurtuba y artículos que traían las galeras que surcaban el gran Mar Blanco. De todo el sultanato podíase apreciar barrocos artilugios hechos con cristal tintado; los mejores tés cultivados en el interior, a quienes sus vendedores conferían propiedades curativas, paliativas, e incluso afrodisíacas; alhajas y sortijas de piedras preciosas que imitaban a las serpientes, animal sagrado y venerado en aquellas tierras, para realzar a las bellas mujeres de tez morena y ojos de azabache de Qurtuba, saben los dioses las mas bellas de la Calilea. Con la bulliciosa actividad, la ciudad blanca se impregnaba también de sus característicos olores: las caras especies como la altapluma, elcilantro, el azafrán o el jengibre; delicioso Frakki de cordero con salsa de bellota que los pinches preparaban en sus tenderetes para los estómagos más débiles e impacientes; pero no faltaban también los olores característicos de una gran ciudad: la falta de alcantarillado provocaba la acumulación de desperdicios en el entramado urbano, el ir y venir de animales domésticos, de carga o de viaje como los hermosos y característicos camellos y dromedarios de aquellas tierras, caballos, llamas y asnos, o los pestilentes y maltratados esclavos, que abundaban en la capital, pues cualquier nación que se preciase mercante debía contar con la fuerza sin carga del siervo, quienes levantaban imperios o confabulaban contra ellos.

Realizaron una ofrenda en el santuario de Sirthis, patrona de los peregrinos y guardiana de los caminos, a pesar de que el príncipe no era muy dado al culto, Feufas siempre le recordaba que un monarca debía de estar a bien con la clase sacerdotal y ser visto como un devoto fiel.

Salieron de la ciudad por la puerta Sur, de altas y blancas murallas, portón de madera revestido con bronce en el que se podía leer, para aquellos que supieran, el lema de la familia, y por ende de la capital y de todo el sultanato: Sibni naham hasni fraqillyum, ‘’la serpiente sabia encuentra el agua’’. Grabadas en ellas por los hábiles artesanos, el emblema: una serpiente de cascabel enroscada en una rama de olivo.

La arenisca del camino se abría ante ellos, con el sol aún bajo en el horizonte. A pesar de que el príncipe y Emir de la ciudad de Amrán era hombre de pocas palabras, Feufas siempre conseguía arrancarle aquí y allá algunos verbos. Charlaron asiduamente sobre caballos, reyes y mujeres. Pararon una sola vez para tomar un ligero tentempié, pues un estómago lleno en pleno desierto podía suponer la muerte. Se cruzaron con muchos peregrinos y algunos mercaderes, que reconociendo al príncipe, le hicieron regalos y peticiones, a los que atendió no sin cierto hastío.

Llegada la noche, acamparon en un recodo del camino, al refugio de unos secos zarzales, restos de la poca vegetación que hacían del yermo su propio reino. Encendieron el carbón en una lámpara de bronce y comieron y bebieron de una jofaina de dulce vino de Tarsis, del que el príncipe tanto gustaba deleitarse.
Feufas ya dormía a pierna suelta, incomodando al silencioso desierto, y por ende, a su amo y señor, con sus feroces ronquidos, efecto secundario de su afición a fumar hrijja en pipa. El príncipe comenzaba a dejarse arrastrar hacia el dulce sueño con la suave brisa del desierto cuando notó una presencia hostil cerca de ellos. Fue a echar mano del alfanje que siempre llevaba consigo cuando noto el frío beso del acero en la nuez de su garganta.

-Ni un brusco movimiento peregrino, o dejaras este mundo tan rápido como viniste a él por las entrañas de la zorra de tu madre.

Feufas se incorporo rápidamente, pero mas rápida fue la ruda mano que le sujetó cuello y cabeza, inmovilizándole completamente.
Ante ellos se abrió paso un hombre, ataviado con una larga túnica rasgada y desgastada por las inclemencias del desierto, que a todas luces, parecía ser el líder de la banda.

-Supongo que ya sabréis de que va esto. Dadnos todo lo que tengáis de valor, joyas, armas, camellos incluidos, y no sufriréis ningún daño. Podréis iros por donde habéis venido si Mahamat, señor del desierto, tiene a bien conservaros la vida.

-No sabéis con quien estáis hablando, sucio perro del desierto, largáos si no queréis…
Feufas fue callado de un puñetazo en la nuca por el salteador que lo mantenía sujeto, dejándolo semi incosciente y presenciando la escena como si se encontrase a millas de distancia.

-Escuchadme bien, porque solo hablaré una vez, y me trae sin cuidado si me quitáis la vida o decidís dejarme libre, pues Mufarat todo lo dispone y todo lo ve, la vida y la muerte, el pasado, el presente, y lo que aún está por venir. Solo él está capacitado para juzgar, siendo esta existencia solo una de las pruebas a las que habremos de someternos. Pero en éstas nos encontramos, y mi deber como súbdito de Mufarat es advertiros. Mi querido amigo, portador de la verdad, al que habéis acallado de malas formas, ya os quiso poner en aviso. Yo soy el gran Ibn man Nasre, Príncipe heredero de Qurtuba, de sus emiratos, de sus desiertos y de sus gentes, y sabeos conocedores de una cosa: cuando mi querido padre muera, y los dioses saben que no falta mucho para ello, yo seré el gran sultán de esta tierra yerma, y anegare la tierra allende los mares de muerte y miseria, caerán los grandes templos del norte, socavaremos sus grandes murallas, y cualquier qurtubense curtido en el arte de las armas y ávido de riquezas y gloria para su pueblo es libre de seguirme. Y vosotros, fieles seguidores del árido desierto, vendréis conmigo, pues conozco vuestra maestría con la honda y la lanza, y me seréis de gran utilidad. Así que os digo, podéis robarme y matarme ahora, y os haréis con grandes riquezas que no conseguiréis de ningún transeúnte más, pues porto encima más oro y plata del que jamás llegareis a ver. Pero saberos conocedores de otra cuestión de importancia: mi padre y su guardia os perseguirán hasta la extenuación. Saben los dioses que volverán a correr los ríos por el yermo antes de que consigáis disfrutar de vuestro valioso botín. En cambio, dejarme partir hacia mi destino, y no solo os perdonare, sino que os recompensaré. Pues cuando vuelva de mis dominios, vosotros partiréis conmigo hacia la guerra. Y tu serás el líder de todos los hijos del desierto, oh gran guerrero  y sabio amigo Nahas.

domingo, 8 de enero de 2012

El poder de un dios

Tres hombres de aspecto vulgar, boinas caladas y pistolas en mano, se apretujaban contra el portal de una vivienda de varios pisos, que amenazaba con derrumbarse, como tantos otros en la decadente urbe. Se miraban entre sí, escudriñándose los ojos para asegurarse de que era el momento. Ojos duros, profesionales, acostumbrados a tales trámites, que ya no pestañeaban en el bis a bis de la pólvora y la sangre.
Subieron al tercer piso. El motivo de la visita era lo de menos: ellos no preguntaban ni antes ni después. La consigna del patrón era clara. La mitad ahora y el resto tras finalizar el lance. Aunque la misión era sencilla, suficiente para un solo hombre, y más aun tratándose de matarifes como aquellos, pero nunca estaba de más un cañón amigo, por aquello de los imprevistos. De un empujón abrieron de par en par la puerta del domicilio. Era una de esas puertas que abundaban en los hogares de aquellos barrios, que servían más para ocultar que para evitar que rateros de diversa condición se colasen dentro.
Dentro del domicilio reinaba la azulada bruma del tabaco, que danzaba al compás de un pequeño candil. Un hombre de baja estatura pero de fornidos hombros se dibujaba de espaldas a ellos, sentado contra el escritorio en cuyo piso reposaba el candil, y un libro. Un gran ventanal presidía aquella escena, por la que se podía contemplar la siniestra noche que se cernía sobre la ciudad, salpicada aquí y allá por las azoteas que la cubrían.
Los tres pistoleros se acercaban lentamente y al unísono al hombre que aguardaba su propia muerte. Parecía no haberse dado cuenta de la presencia de los asaltantes, algo inusitado, después del escándalo armado al haberse producido el allanamiento. Más bien parecía ignorar de propia voluntad lo que sus verdugos habían venido a hacer.  Permanecía imperturbable en su última tarea de garabatear en aquel viejo cuaderno.
-Hágame el favor y salude a Fermín de mi parte en el infierno, ¿Quiere?
Acto seguido, el pistolero derrochó el plomo sobre la cabeza del desgraciado, que cayó de bruces sobre el escritorio. Joaquín, el mediano en edad de los tres, se acercó, curioso y alarmado al escritorio.
-Sebas…acércate. Mírale a la cara. Es el patrón…
-No me toques los cojones, Joaquín. Coge el puto cuaderno y larguémonos antes de que esto se llene de uniformes grises. Las órdenes eran claras.
Álvaro, el más joven de los tres, y el más inexperto también, se acercó lentamente a la macabra escena.
-Tiene razón Sebas, es el patrón…
-Me cago en Cristo y la puta que la parió. La que hemos armado por este jilipollas. Si quería morir podría haberse tirado al tranvía y ahorrarnos el tiempo y el dinero perdido. A ver como se las va a arreglar ahora para volver de ultratumba a pagarnos lo debido.

-Creo que no va a hacer falta que se tome la molestia. Álvaro entreabrió el cajón, que ya asomaba a medias, y que sobresalía del escritorio. Dentro yacía un sobre a rebosar de billetes. El doble de lo estipulado.
-Esto no tiene sentido…pero que más da. Ha sido un buen negocio. Muy bueno ahora que lo pienso. Nadie nos va a perseguir con aras de venganza, desde luego. Ya podrían abundar los clientes de esta clase. Álvaro, Sebas, vámonos, aquí hemos terminado.
-Espera, el libro. También era parte del trato. Que menos que cumplir sus últimas voluntades.
-No te me pongas caritativo, Álvaro, o te quito esa áurea de las carmelitas en menos de lo que se canta un padrenuestro.
Sebas y Joaquín enfilaban ya la salida, tranquilos, contentos por el trabajo realizado y el botín de más obtenido.
Álvaro les seguía el paso, a su sombra, cavilando sobre lo ocurrido. Y con un libro bajo el brazo.